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El VUELO 696

Ninguno de los jugadores que viajaban aquella mañana del lunes 9 de junio rumbo a Santos, Brasil, para disputar la Copa del Mundo, sospechaba que su Selección alcanzaría la gloria y la admiración, y que pasarían de representar a “Costa Pobre”, como habían rebautizado al país en Uruguay, a ser el equipo revelación del torneo, con base en una participación sin fisuras y milimétricamente ensayada hasta en el más mínimo detalle, a tal punto que doblegó a dos campeones mundiales al hilo, y estuvo a tan solo un suspiro de alcanzar las semifinales.







EL PARTIDO PERFECTO

EL PARTIDO PERFECTO

Las jugadas en ataque desplegadas frente a los uruguayos eran muy planificadas.
La Selección ejecutaba a las mil maravillas un libreto ideado por el técnico, lo que era complementado con un trabajo emocional, grupal e individual, de altos quilates, y con unos solistas de primera línea, que eran capaces de interpretar esa partitura futbolística con el aliento y la calidad de sólidos profesionales.






SOÑANDO CON LA FINAL

En medio de ese clima de explosión y de shock los resultados se iban dando. Estábamos en una situación como la del jugador de un casino que quiere más, más, y más, y hay que decirlo, ya muchos nos veíamos en la final del campeonato del mundo. Sí, cuando enfrentamos a Holanda, ya todo aquel temor de jugar contra grandes adversarios había desaparecido por completo. Todos los techos, todos los límites habían desaparecido. El equipo estaba preparado para llegar hasta donde fuera. Qué nos va a asustar Arjen Robben, si ya enfrentamos a Andrea Pirlo, a Mario Balotelli a Edinson Cavani, a Wayne Rooney. Y vean lo que son las cosas, en esos momentos ya nadie se acordaba cómo, al comienzo de la eliminatoria, nos asustaban Andrés Guardado o El Chicharito. Eso lo da el roce internacional.